25N en la ciencia: las microviolencias que aún frenan y dañan trayectorias académicas
Cada 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, solemos pensar en la violencia explícita, tangible, evidente. Pero en los pasillos, seminarios, laboratorios y oficinas de la academia ocurre algo más silencioso, persistente y profundamente dañino: las microviolencias de género.
Estas dinámicas, normalizadas durante décadas, no dejan moretones, pero sí dejan marcas.
Marcas en la confianza, en la trayectoria profesional, en la vocación científica y en la permanencia de las mujeres dentro del ecosistema de investigación.
Este año decidí abrir un ejercicio colaborativo con una de las comunidades que coordino: jóvenes científicas y científicos aspirantes a realizar maestría, doctorado o postdoctorado.
Les pedí que compartieran frases, comentarios o situaciones que hubieran vivido en la academia.
Las respuestas, la mayoría de forma anónima, revelaron patrones claros y dolorosamente familiares.
A lo largo del ejercicio emergieron cuatro microviolencias recurrentes:
gaslighting académico, mansplaining, sexismo tradicional y deslegitimación del trabajo científico.
Este artículo recoge parte de ese trabajo colectivo. Lo hago con un propósito claro:
que quienes inician su camino sepan identificarlas, que quienes ya las vivieron se sientan acompañadas, y que quienes tienen poder dentro de la academia entiendan la urgencia de actuar.
1. Gaslighting académico: cuando la realidad se niega
El gaslighting académico aparece cuando se distorsiona, niega o minimiza la experiencia de una persona, haciendo que dude de su propia percepción, criterio o memoria.
Frases como:
- “Estás exagerando, aquí tratamos igual a todos.”
- “Creo que interpretaste mal la situación.”
- “Nadie más se ha quejado.”
No solo invalidan la vivencia: consolidan jerarquías y silencian la posibilidad de denunciar.
En la academia, donde el reconocimiento y la legitimidad son moneda de cambio, estas prácticas pueden frenar una trayectoria completa.
2. Mansplaining académico: cuando la “explicación” se convierte en dominación
El mansplaining académico ocurre cuando un hombre explica algo a una mujer desde la condescendencia, asumiendo superioridad intelectual incluso en temas donde ella es experta.
Ejemplos compartidos por la comunidad:
- “Lo que ella quiso decir es…”
- “Te explico para que no te confundas.”
- “Ese método es complicado… mejor yo te digo cómo funciona.”
Una explicación no pedida, una interrupción, una corrección innecesaria…
Todo suma a un mensaje claro:
“tu voz necesita traducción; la mía tiene autoridad”.
3. Sexismo tradicional: los roles de género también pesan en la ciencia
Algunas frases duelen por su crudeza y familiaridad. Mayra Antonieta Sandoval Quintero compartió: “¡Tanto currículo! Ya mejor que se case.”
Este tipo de comentarios —directos o disfrazados de humor— revelan una visión aún latente en ciertos espacios:
la idea de que el destino de una mujer no es la investigación, sino la domesticidad.
También aparecieron frases como:
- “¿Para qué haces un doctorado si vas a tener hijos?”
- “Una mujer tan preparada espanta a los hombres.”
La ciencia pierde cada vez que una mujer internaliza que su ambición es “demasiado”.
4. Deslegitimación e invisibilización del trabajo científico
Laura Zárraga compartió algo que resume perfectamente esta microviolencia:
“Descubrí que la injusticia no está solo en el despido, sino en cómo intentan borrar tu trabajo después; cuando te niegan incluso las constancias de lo que hiciste, comprendes que el problema no es tu labor, sino que la reconozcan.”
La invisibilización del trabajo científico como eliminar créditos, negar constancias, borrar participación, es una forma profunda de violencia institucional y simbólica.
Daño silencioso, pero devastador.
Estas microviolencias no son menores: afectan la ciencia misma.
Las microviolencias no solo afectan a las mujeres: afectan al sistema científico.
Porque la ciencia necesita voces diversas, trayectorias sólidas, confianza interna, colaboración.
Y cada vez que una mujer duda de sí misma, se silencia en una reunión, o abandona un programa por agotamiento emocional, la academia pierde talento.
Estas dinámicas no cambian solas. Cambian cuando las nombramos, las visibilizamos y las confrontamos desde lo individual, lo institucional y lo comunitario.
Este ejercicio fue posible gracias a muchas voces que compartieron sus experiencias (algunas públicas, muchas anónimas) desde el dolor, la valentía y la esperanza de que hablar sirve para transformar.
A quienes participaron:
gracias por confiar, por nombrarlo y por permitir que estas reflexiones resuenen más allá de nuestro círculo.
Y a quienes leen esto:
si estas frases te resultan familiares, si has vivido algo parecido o si quieres formar parte de un espacio seguro para hablar de estos temas y fortalecer tu trayectoria científica, estás invitada e invitado a unirte a mi comunidad.
Deja un mensaje, escribe “comunidad”, o contáctame directamente.
Aquí seguimos construyendo puentes, no muros.
Porque la ciencia necesita excelencia, sí.
Pero también necesita humanidad.
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La cultura científica cambia cuando la conversación cambia.


